21 julio 2017

La sonrisa de la muerte

Me estremece pensar en la muerte, y estos días no hago otra cosa que recrearme en ella. La muerte baja de noche a visitar los sueños de los vivos y a ponerles la piel de gallina, como me los ha puesto a mí esta madrugada, después de pasar la última página del libro de Raúl del Pozo, donde una señora que enseña el parrús por diez céntimos toma al protagonista de la mano y se lo lleva para siempre. La señora no tiene rostro y guarda bajo sus faldas la sonrisa de la muerte. Al evocarla he caído rendida en la cama y el sueño se me ha inundado de olor a cera derretida, de negros rigurosos, de recuerdos lejanos que avivan al primer muerto de mi infancia, cuando la abuela cubrió los espejos de la casa en señal de duelo y los murmullos se deslizaron por los rincones de todas las alcobas. 

Las mujeres llevaban vestidos teñidos precipitadamente, y velos que les tapaban parte de la cara. En la habitación del muerto hubo luz toda la noche y la gente se turnaba para llorarlo. Yo contemplaba el espectáculo desde lejos y no podía dormir imaginando como sería la muerte, que pensaría el muerto viendo todo aquel trajín de negritudes silenciosas que desfilaban ante su cadáver. Al día siguiente lo enterraron con una hermosa canción que desde entonces lleva para mí la tristeza arrastrada de una ranchera, y después la abuela volvió a casa y levantó los velos de los espejos para que todos pudiéramos vernos otra vez la cara. 

Ese fue el primer muerto de mi vida y el que más recuerdo. El último ha sido un muerto de trámite, como son casi todos los muertos de las ciudades, y no tuvo ninguna canción de despedida. Cuando lo llevaron a enterrar, los obreros que lo bajaron al hoyo se negaron a cubrir la fosa alegando que eso pertenecía a otra contrata. Alguien rezó entonces un padrenuestro y el muerto se quedó solo entre todos los muertos, perdido en la gran ciudad de cruces de piedra, y a mí sólo se me ocurrió pensar que si un día resucitaba no seríamos capaces de encontrarlo en el cementerio.

Se estrecha el cerco. Todas las mañanas espero con temor la noticia de un cáncer, una sobredosis o un accidente de coche en una curva. No estoy preparada para soportarlo. La muerte de los íntimos mata más que la propia muerte.

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