20 julio 2017

La Primera Guerra Mundial en Nueva York

«Dadá» significaba una actitud antiartística radical que contestaba todos los valores - El movimiento acabó en 1922 y revolucionó el mundo artístico - Una galería berlinesa albergó la primera muestra internacional - Objetos encontrados en la basura ocupaban una sala entera.

La primera gran feria internacional dadá se inauguró en junio de 1920 en la pequeña galería que el doctor Otto Burchard, historiador y marchante de arte, tenía en el número 13 de la calle Lutzow-Ufer de Berlín. Los dadaístas habían publicado en la prensa un anuncio solicitando un forzudo debidamente uniformado como tal para servir de guardia de seguridad de la galería mientras durara la exposición. No se sabe si alguien se presentó a la llamada, pero sí que dicho tipo era necesario, quizá imprescindible.

En las dos salas de la galería se presentaron 174 obras de 27 artistas, entre ellas cuadros antimilitaristas de George Grosz y Otto Dix (que presentó un cuadro giratorio), fotomontajes de Raoul Hausmann y Hanna Höch, y un maniquí con una bombilla encendida en la cabeza, una pierna ortopédica y una dentadura postiza por sexo, obra de John Heartfield y Grosz, todo presidido por una «escultura de techo», un oficial del Ejército alemán con cabeza de cerdo y un cartel en el pecho que decía «colgado por la revolución». Además había, entre otras cosas, un montón de revistas dadá, dibujos de Max Ernst y carteles tipográficos en los que se podía leer «Dadá para todos», «¡Abajo el arte!» o «El arte ha muerto. ¡Viva la nueva máquina artística Tatlin». Una construcción de Johannes Baader a base de carteles, periódicos y todo tipo de objetos encontrados en la basura ocupaban casi entera la segunda sala.

La crítica de arte no se preocupó demasiado de la exposición. El diario comunista la atacó y un crítico que debería ser comprensivo, Kurt Tucholsky, dijo que le parecía poco fuerte: «Indignarnos es algo que ya no se logra. Dadá... sí, ya», escribió. De todas maneras la justicia tomó cartas en el asunto e hizo una crítica de arte penal de la escultura de techo y de una carpeta de grabados que se vendía en la exposición, lo que dio lugar a un proceso que se saldó con una multa de 300 marcos para el autor de la carpeta, George Grosz, y otra de 600 para el editor.

El dadaísmo apareció casi al mismo tiempo en plena Primera Guerra Mundial en lugares tan lejanos entre sí como Nueva York, Colonia, París o Berlín, aunque fuera en la neutral Zurich donde nació el término sin significado «dadá», como nombre de una actitud antiartística radical, una actitud revulsiva que no se quedaba sólo en lo artístico y que por tanto contestaba todos los valores, desde las convenciones del lenguaje y la propia lógica hasta la política y la moral. Los efectos de dadá no fueron tan devastadores como la propia guerra, pero desde luego el arte no volvió a ser el que era antes. Y tampoco los artistas.

Dadá no poseía fin alguno, ya que era «la acción creativa en sí». La dinamita de dadá estaba cargada con provocación, novedad, terrorismo contra cualquier teoría o ideología y no poca mala uva. Sin embargo, el dadaísmo no fue pesimista, sino positivo y es que no se podía ser de otra manera en un momento en el que lo negativo, la muerte, se enseñoreaba de Europa sin ningún tipo de matices.

Aunque los dadaístas se jactasen de su desconocimiento de lo que pudiera significar dadá, no por ello dejaron de ejercer como artistas con línea oficial, cosa que hizo que bien pronto aparecieran los problemas. Uno de ellos fue precisamente la imposible definición del movimiento, cosa que no impidió que dadaístas notorios fueran recusados como tales por popes del movimiento nada menos que «por principio y de manera enérgica», como le pasó a Kurt Schwitters, no admitido en las filas dadá por su costumbre pequeño burguesa de llevar zapatillas en su casa. La misma falta de definición fue causa de que los más radicales pidieran más política, más compromiso. Cuando dadá acabó, en 1922, los ex dadaístas se dividieron. Aparte de los que se dedicaron a la política, algunos abandonaron el arte, otros se hicieron constructivistas y todavía quedaron unos pocos, los franceses, con energías suficientes para inventar el surrealismo.

Para comprender la feria nada mejor que detenerse en sus protagonistas. Entre ellos destacó George Grosz, el «mariscal dadá». Berlinés, tenía 27 años en 1920 y ya era un artista afamado por sus dibujos y caricaturas de una brutalidad feroz. Tenía fama de dandi por su atildado vestuario, más americano que inglés, idioma que hablaba en los cafés durante la guerra para provocar a los parroquianos. Era un personaje grandullón y algo agresivo y con bastante mal vino, de una sexualidad bastante perversa y facilidad para representar cualquier horror; en fin, un tipo que odiaba a casi todo el género humano, cosa que se llevaba poco con su militancia en el Partido Comunista, que acabó a la vuelta de un viaje en 1922 a la Unión Soviética en el que conoció a Lenin y a Trotsky sin quedar impresionado.

Dadaísta desde 1918, su actitud dentro del grupo queda resumida en dos versos suyos: «Nos reíamos poco y llorábamos en secreto. Nuestra expresión favorita era una mueca desafiante». Grosz es el único salvable de la feria dadá: «Ese que salva la exposición se llama George Grosz. Es todo un tipo, y un muchacho lleno de infinita acidez. Si los dibujos pudieran matar, los militares prusianos ya estarían enterrados». Después, Grosz renegó de su época dadaísta, siguió pintando y dibujando sin perder el mordiente, emigró a Estados Unidos tras la ascensión de los nazis al poder y volvió a Berlín en la posguerra. Allí murió en 1959, después de publicar sus memorias Un pequeño sí y un gran NO.

Otro artista destacado fue Richard Huelsenbeck, 28 años entonces. Llevaba siempre monóculo y era escritor, médico y dadaísta de primera hora. Había sido uno de los miembros fundadores del círculo dadaísta de Zurich e incluso se le atribuye, junto a Hugo Ball, el nombre «dadá», también atribuido a Tristán Tzara. Tras el cierre del Cabaret Voltaire, volvió a Berlín, donde refundó en febrero de 1918 el movimiento. Publicó los primeros ensayos sobre dadá, escritos «con revólver», según sus palabras. Tras el episodio dadaísta, Huelsenbeck retomó sus estudios de medicina en Dresde, convirtiéndose en médico naval, periodista, neurosiquiatra y más adelante en psicoanalista. Murió en 1974.

Johannes Baader, el «sobredadá» y el decano del grupo con sus 45 años, era un maniaco listo y seudológico que se creyó que era nada menos que Jesucristo vuelto del cielo. Amigo de Hausmann, se dejó convencer por él de ser el presidente de una sociedad anónima de Cristo. La sociedad no se llegó a crear, pero en una ocasión Baader interrumpió un sermón gritando desde el coro «me río de Jesús». Llegó a presentarse a diputado en 1917 y en la reunión en la que se fundó la República de Weimar tiró panfletos postulándose como primer presidente de la nación, el principio de su verdadera ambición: presidir el globo terráqueo. Hans Richter decía que era la falta de inhibiciones en persona. Siempre eufórico, Baader hacía obras con carteles que arrancaba de las paredes y aprovechó su profesión de arquitecto para construir zoológicos sin barrotes y proyectar una escultura titulada El drama dio dadá, obra compuesta por cinco pisos, tres jardines, un túnel, dos ascensores y una puerta giratoria. Murió en 1955 en un hospicio.

Raoul Hausmann nació en Viena y vivía en Berlín desde 1900. Tenía 34 años en 1920 y era, aparte del «dadásofo», el tipo más polifacético del grupo. Escritor, pintor, filósofo, creador de modas, editor de revistas, bailarín, fotomontador, músico, etc., era capaz de cambiar cada día de profesión. Hausmann era un fanático, un entusiasta egocéntrico, nihilista más que anarquista, virtuoso del monóculo, huérfano (sus padres se suicidaron con gas), aficionado a las faldas y, sobre todo, inventor, que es como más le gustaba que le llamasen. Tras dadá, continuó con sus invenciones, entre ellas un piano que pintaba, se hizo fotógrafo, vivió en Ibiza, practicó la bigamia consentida y no dejó jamás de enredar hasta su fallecimiento, ciego, en 1971.

John Heartfield, el «montador-dadá», era un berlinés de 29 años que había traducido en plena guerra el nombre con el que fue bautizado, Helmut Herzfelde, a la lengua inglesa para provocar a sus patrioteros compatriotas. Desde que en 1918 se adhirió al Partido Comunista, la protesta sin otro fin que ella misma y dirigida contra todo y contra todos, se convirtió en otro tipo de contestación subordinada a los fines de la lucha del proletariado. Heartfield fue el gran maestro del fotomontaje, haciendo cubiertas para la revista comunista Aiz, el periódico ilustrado obrero, revista que siguió editando en el exilio tras la subida de los nazis al poder. En la posguerra volvió a Berlín, donde murió artista oficial de la República Democrática en 1968.

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